domingo, 26 de junio de 2011

Demolición, de Pedro Aznar

Hoy pasé por la demolición.
Está casi terminada; queda
sólo el basamento (coronado de chapas protectoras
como espinas) de los cinco pisos
que vieron pasar casi un siglo,
incluidos vos y yo.

Tenías razón: sobre el hombro indiferente
de la mole impersonal que alguien plantó a su lado
(y que parece haber llegado
justo a tiempo de escoltar la muerte)
quedó la huella del color durazno que elegiste
para el corredor de tu casa.

¡Ay, las coordenadas!
¡La geometría que voló a mis ojos
para calcular aquel lugar
que amamos!

Hoy en ese punto hay puro espacio,
cielo virgen, miradas perdidas
esperando el semáforo,
nada.

Y aún estás allí
conmigo, muerta de frío
mirando las estrellas de la alineación
como si de veras fueran a hacerle algo
al mundo.

Aún estoy allí,
en mi arrogancia veinteañera;
la vista clavada sobre el río,
un nudo de silencio en la garganta.

Estás ahí:
corrida por la magia
que tu corazón no se atrevía.

Aún me veo
dejándote una y otra vez,
volviendo siempre.

Fuimos ahí, más que en otras partes,
vos y yo, tanto,
que tal vez no imaginamos
nunca, nosotros en otro lugar.

Por eso,
ese nuevo punto que ganó el vacío
se nos parece tanto. Está lleno del horror
de no tener olvido.


de Pruebas de fuego (Longseller, 2005)

viernes, 24 de junio de 2011

7, de Mario Arteca

Los pueblos blancos se encuentran en el estadio final,
sin importar qué tipo de teorías fijen
su decadencia. Esa fisión ya es palpable,
menos imposible: aquí rige la segunda ley
de la termodinámica y el nuevo poder está ahí, la mecha
en su sitio, sea consunción del átomo o espita de fuego,
desinteresado del mecanismo sólo porque produce,
contrario al raciocinio. Ya no se tiene realidad alguna,
ni posesión, ni cualidad del instinto: hay estómago vacío
en ese círculo de recelos del ciudadano de a pie.
Zoon Politikón. Hasta ahora no presenta batalla
en ninguna parte. Niágara para ahogarse en la bañera;
Constantino alocando clavos en la cruz del príncipe.
La paz en su cincha, embeleco, y ya antítesis, pase ahora
de largo. Blandengue, contenido, evitando así
el peligro, algo de ello velada la pauperización.
En eso el aislamiento resulta más evidente,
aunque (claro) siguiendo con él, más esmalte y barniz.
Del cernícalo duplica el grito en el cielo, entre cercetas,
ya sumando nuevas cifras a viejas intercesiones.
En resumidas: Kleist no vivió lo suficiente; nunca.
Drittes Reich for out. Nunca. Y así levantaron
su cabeza de puente en el Este, y tras ello,
de lo mejor evaporándose.


de Guatambú (Tsé-Tsé, 2003)

jueves, 23 de junio de 2011

Abuelo muerto, de Germán Arens

En la barda
rondan los pumas,
y en el día
peregrinos que se arriman a la ermita
a tirar monedas
por entre las rejas
que aíslan al niño estatua..
A pocos metros Namuncurá bicha.
Solía llevarme
mi abuelo
en su Polara gris
a buscar té pampa
y otros yuyos monteros
que aliviaban
el doloroso dolor
que padecía en los riñones.
Abuelo,
respirador profundo,
levitador,
batidor de levadura.
Él me enseñó
que las brujas de Pichimahuida
hacen caca
en las botellas
que solidarios
dejan los viajeros
en la casa abandonada
camino a Juan de Garay.
Abuelo contradictorio,
reader´s digest socialista.
Abuelo tunuyano,
crecido pampeano
y adepto a los ríos.
Abuelo de primeras marcas,
electrodoméstico.
Salero salador de vidas,
avistador de platos voladores,
magnesiano total.
Abuelo muerto al que no me dejaron mirar.


de Pueblada (Ediciones en Danza, 2008)

miércoles, 22 de junio de 2011

Lejanía, de Alejandro Archain

En lo que ando
por ver
sin darme vuelta

ocupo espacios de sol
a contracara,
observo lo que queda
entre las hojas,

desdibujado y ciego
me repito.

Extraño, en todo caso,
otras naves
prometiendo a la distancia
un disturbio
de aromas y mareas.


de El jardín y sus detalles (Libros de tierra firme, 2004)

martes, 21 de junio de 2011

Papá botas altas, de David Aracena

El hombre entró empujando con la puerta, hacia afuera, la oscuridad y el frío.
- Noche perra - dijo.
La mujer vino a besarlo, entre el olor a cebolla y aceite que llenaba la noche. Colgó su saco en una silla, que guardó su cuerpo, arrugado e invisible, con un absurdo tórax.
- No he conseguido nada, mujer.
- Es lástima, es lástima.
- Mañana iré a la compañía.
Y siguió comiendo. Después llamó a su hijo:
- Yanko - gritó.
El hijo pensó: "Padre me trata de usted. Esto lo hace siempre que está enojado. Tiene una seria cara de gato".
Pero su padre está solamente preocupado. Esto lo supo después, al otro día, cuando temprano salieron rumbo a la compañía petrolera.
Iban los dos silenciosos en el autovía que hacía el trayecto. Las ruedas chácate, chácate. Después tuvieron que hacer todavía parte del trayecto a pie.
Un humo lechoso ascendía de las lomas. Un olor a gas, penetrante y agrio, llenaba la mañana.
- Padre, ¿quién prende la cocina de las nubes?
Nada, su padre calladito.
Le gustaría a él prender la cocina, temprano. Sobre todo en estas mañanas heladas. Un gorrión entraría. Psh. Psh. No hay que hacer ruido, que no se vaya. Psh. Psh. Se escuchaba, cercano, el ruido de los balancines de las torres de petróleo. A lo lejos, hombres trabajando en monos azules, con guantes de cuero.
Cuando el hombre entró al edificio de la compañía se detuvo indeciso frente al agresivo mecanismo de las oficinas. Antes se limpió los pies cuidadosamente, con ese miedo de los humildes, retardando en lo posible tener que hablar.
Yanko leía despacio los correctos carteles fijados a las paredes: "No hay vacantes". Los hombres escribiendo a máquina. ¡Qué rápido los dedos sobre las teclas! Aquí la "a" brillante; arriba, el 2.
Vino un empleado y le entregó un formulario. Pedro, el padre de Yanko, daba vueltas al papel en las manos, sin saber qué hacer con él. Y vino la mano y se llevó el papel. Pedro se quedó esperando, enorme, en el hall de la compañía, y mientras alguien, detrás de los escritorios, se reía diciendo:
- ¡Estúpido hombre!
Volvió el empleado:
- No tenemos tiempo para perderlo con hombres como usted.
Y él, Pedro, murmuraba:
- Déme cualquier cosa - Y pensaba confusamente en esa época en que fue niño y hubiera querido aprender el nombre de las letras y leer después esos libros grandes.
La voz caía, deshilachada y rota, gastada de tanto decir "No, señor", "Sí, señor". Yanko observó cómo su padre daba vuelta, la cabeza baja. Papá querido, con las botas altas, tan humilladas.
Cerraron la puerta sin ruido. Afuera, la mañana seguía creciendo, silenciosa, segura, como un árbol.


de "Papá botas altas" (Grupo Pro Cultura, Comodoro Rivadavia, Chubut, 1986)
David Aracena nació en San Luis en 1914 y cinco años más tarde ya vivía en Comodoro. Falleció en 1987 en ésta ciudad.