martes, 18 de enero de 2011

Los cuerpos son blandos, de Cristian Aliaga

Junto a los postes telegráficos que siguen a la ruta como
un perro faldero e inmutable, la luz del poniente es absoluta.
Podría decirse que no atardece, sino que un animal desolado
carcome el horizonte. Una multitud de pequeñas fieras
invisibles cruza el camino. El que viaja sólo divisa a los coleópteros
estrellados contra los faros, incapaces de reaccionar;
los cuerpos son blandos y se introducen en la carrocería
sin provocar ninguna alteración, salvo las manchas en los
cristales. En la estación de servicio abandonada los surtidores
persisten con sus cabezas azules y las mangueras colgadas
del vacío. Un Rambler Classic desguazado apunta su trompa
hacia el norte, rumbo a Buenos Aires, en una postal congelada
de un viaje que nunca empezará. Su techo, abovedado
por agua de lluvia, ha sido tumba para un peludo muerto
de panza hacia el cielo.

(Pampa Salamanca)

(de "Música desconocida para viajes", Relatos del Dragón, 2002)

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